Marset y la sombra de Escobar: la nueva era del narcotráfico en América Latina

Mar 15, 2026 - 14:05
Marset y la sombra de Escobar: la nueva era del narcotráfico en América Latina

La declaración del jefe de la DEA, Anne Milgram, equiparando al uruguayo Sebastián Marset con Pablo Escobar, no es una simple metáfora. Señala un cambio de paradigma en el crimen organizado regional. Marset, actualmente detenido en Bolivia y mencionado por el presidente colombiano Gustavo Petro como parte de una supuesta 'Junta de Dubái', es descrito por las autoridades estadounidenses como la figura más poderosa del negocio ilegal en esta parte del mundo. Esta comparación histórica subraya la evolución hacia estructuras más transnacionales y discretas, alejadas del narcoterrorismo de los 80, pero igualmente letales para la estabilidad democrática.

Una comparación que define una época

Cuando la administradora de la DEA, Anne Milgram, se refirió a Sebastián Marset como 'el Pablo Escobar de la era moderna', trascendió el ámbito de la simple descripción policial. La analogía, cargada de peso histórico, busca encapsular la magnitud de la influencia que se le atribuye al uruguayo dentro del panorama criminal contemporáneo. Sin embargo, la comparación también sirve para marcar un contraste esencial entre dos épocas del narcotráfico. Mientras Escobar operaba con una violencia ostentosa y un desafío frontal al Estado colombiano, la figura de Marset emerge en un contexto globalizado, donde el poder se ejerce desde la opacidad de las finanzas internacionales y las redes logísticas complejas.

El perfil de un operador global

Sebastián Marset no encaja en el estereotipo del capo tradicional. Su ascenso refleja las nuevas dinámicas del crimen organizado, donde la discreción y la capacidad de moverse entre jurisdicciones son tan valiosas como la violencia. Su captura en Bolivia y su vinculación, según el presidente Petro, a una estructura denominada 'Junta de Dubái', sugieren una operación de alcance transcontinental. Esta supuesta junta representaría justamente ese modelo moderno: un consorcio criminal con tentáculos en múltiples países, coordinando el tráfico de drogas, el blanqueo de capitales y la corrupción desde lejanos centros financieros, lejos de los campos de coca o los laboratorios rudimentarios.

La respuesta fragmentada y el desafío regional

La detención de Marset en Bolivia puso de relieve las tensiones y los desfases en la cooperación regional contra el narcotráfico. Mientras Estados Unidos, a través de la DEA, emite calificaciones de peso histórico sobre un individuo, los procesos judiciales y extradiciones avanzan con la lentitud característica de los sistemas legales nacionales, a menudo entorpecidos por batallas jurídicas y consideraciones políticas. Esta disparidad entre la percepción del nivel de amenaza y la capacidad de acción coordinada y expedita es uno de los mayores obstáculos. La lucha ya no es solo contra carteles locales, sino contra entidades fluidas que explotan las fronteras legales y la falta de armonización entre las naciones.

El legado de la analogía y el camino a seguir

La equiparación con Escobar, más allá de su impacto mediático, plantea una pregunta crucial para los gobiernos latinoamericanos: ¿están preparadas sus instituciones para enfrentar a un enemigo que ha aprendido de los errores de sus predecesores? Marset simboliza un narcotráfico que privilegia la infiltración silenciosa sobre la confrontación armada, la corrupción sistémica sobre el terror abierto. Derrotar este modelo requiere ir más allá de las capturas espectaculares. Exige una ofensiva igualmente sofisticada en los campos de la inteligencia financiera, la cooperación judicial internacional y el fortalecimiento de la integridad institucional, para atacar las redes, no solo a sus cabezas visibles.


Con información de El Tiempo

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